Los fantasmas del regimiento ~ Misterios en la Web

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lunes, 5 de diciembre de 2011

Los fantasmas del regimiento

José no creía en nada, mucho menos en historias de fantasmas.

El siempre le decía que temía más a los vivos que a los muertos.

En 1989 tuvo la desdichada suerte de hacer la colimba (corra, limpie y barra) en el Batallón de Arsenales 601, Domingo Viejobueno, en Monte Chingolo, provincia de Buenos Aires.
En ese destacamento militar, el 23 diciembre de 1975, se libró una sangrienta batalla, cuando miembros del Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) atacaron el regimiento. Hubo cientos de muertos y grandes daños materiales.

Aunque habían pasado 14 años, las huellas de las balas y las bombas estaban por todos lados. Garitas de guardia llenas de agujeros y galpones incendiados. La piel se erizaba sólo en pensar lo que sucedió esa negra noche de Navidad.

También, abundaban las historias de fantasmas. Decían que militares y jóvenes guerrilleros, ensangrentados, se les aparecían a los soldados durante las noches.


Los más supersticiosos vivían asustados.

José sólo esperaba, en las noches de guardias, cuando estaba en el puesto más solo que Kung Fu, que no se le apareciera un vivo con un cuchillo y lo degüelle.

La tensión estaba flor de piel, luego del ataque al Regimiento de la Tablada, en febrero de ese año. Mucho menos que lo atrape desprevenido la patrulla militar.

Todos sabían que José no creía en las historias de fantasmas. Y si eran ciertas, no les temía, porque pensaba sólo que eran almas en pena, sufriendo. Pero, una noche, su valentía ante los fantasmas le costó varias horas de descanso.

A 1 de la madrugada, en una noche sin luz de luna, cuando le faltaba una hora de guardia en el puesto “Tambo” para irse a descansar hasta las 6, vio que algo venía corriendo desde el norte. Pero no podía distinguir qué era.

Se dirigía rápidamente hacía él. Entonces, pegó el grito: “Alto, ¿Quién vive?” Nadie respondió. Pero la figura extraña no se detenía. Nuevamente gritó: “Alto, ¿Quién vive? Pero no escuchó respuesta. Sacó el seguro de su FAL y apuntó al bulto, hasta que escuchó: “¡Un fantasma… un fantasma en el puesto dos… ayuda!” El grito desesperado de su compañero evitó que cometa una desgracia.

El joven soldado estaba pálido y no paraba de decir que había visto un fantasma; que se le había aparecido un chico, vestido de militar, ensangrentado en la cabeza, que le pedía ayuda. Todos los demás soldados se pusieron histéricos y no quisieron saber nada con ir a ocupar ese lugar.

El puesto dos quedó descubierto. El sargento no lo pensó dos veces y eligió a José para cubrir ese lugar, ya que el no le temía a los fantasmas. Cargó su fusil y se dirigió silbando bajito. Durante las cuatro horas que estuvo, el sueño lo venció dos veces, casi le dispara un gato escondido en los pastizales y escucho muchos ruidos extraños, golpes y chapas que rechinaban en el galpón que estaba a su espalda. Pero del fantasma, no tuvo noticias.




Fuente: http://www.lagaceta.com.ar/vernota.asp?id_nota=275556

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